Reflexiones para celebrar mejor la Navidad

Reflexiones para celebrar mejor la Navidad




Anoche dormí en una tienda de campaña que recibieron mis hijos como regalo de navidad. Hacía frío, mucho frío. Los abrigué con todo lo que tenía a mano, temiendo que se enfermaran. Incluso, a eso de las 3 de la madrugada, me quité mi propia bolsa de dormir, la extendí y compartí con ellos. Todo eso lo cuento porque aunque disfruté mucho pasar la noche acampando, dormí realmente poco. Mientras los veía dormir arropados como un «taquito», pensé en escribir algunas ideas en torno a la celebración de la Navidad. Imaginar con frío provoca imágenes y pensamientos mas estructurados y ordenados. Al menos en mi caso.

En la antigua Roma, el 25 de diciembre se celebraba el nacimiento del cognado de deidades llamado Sol Invictus. Las fiestas se celebraban con juegos y, normalmente, se realizaba un sacrificio público. Cuando digo que Sol Invictus era un cognado de deidades me refiero a la fusión de una serie de divinidades que configuraban una especia de religión monoteísta, cuyo centro era el sol. Y es curioso que hablemos de L’Antica Roma y pensemos en monoteísmo. Esta religión había sido importada por los soldados del ejército romano que regresaban de las campañas militares en Oriente. Y llegó para quedarse. En el siglo III d.C los emperadores de la dinastía Severi, en particular Heliogábalo y Aureliano, se mostraron muy decididos en la difusión de este culto y ocuparon el cargo de Pontifex Maximus. Para la Historia del cristianismo es importante hacer notar que el mismo emperador Constantino fue Pontifex Maximus del culto del Sol Invictus, dedicándole el solis dies, el antepasado de nuestro domingo: un día de descanso que en ese momento caía al principio de la semana.

El 25 de diciembre es el dies natalis (el día del nacimiento) de la deidad plural del Sol Invictus. Y fue elegido ese día por tener la noche más larga y el día más corto del año. El Sol parece renacer, resucitar. Pasan unos 3 días en que el Sol parece inmóvil, inerte, muerto y, de repente vuelve a moverse, regresando a la vida. Por supuesto sabemos que este fenómeno no es más que el solsticio de invierno.

La fecha apareció por primera vez en el Cronógrafo del año 354 dC, junto al testimonio de la festividad navideña. Fue solo en el 330 d.C. de hecho, que Constantino, ya convertido al cristianismo, oficializó la celebración de la Navidad cristiana, haciendo coincidir la fecha de la fiesta de la Natividad con la del dies natalis Sol Invicti. Pero vale decir que el decreto imperial no implicó una celebración inmediata de la navidad como la conocemos. Ni siquiera el decreto imperial que oficializaba la nueva religión cristiana fue acogido de inmediato. Pasaron siglos, los pueblos más alejados ni siquiera se enteraban. Imaginemos, usando un ejemplo más cercano, que el Acta de Independencia nos llegó con notoria delación y la aceptación se tardó un poco más. Con mucha más razón los decretos imperiales que convertían al cristianismo como la nueva religión oficial y el 25 de diciembre como la celebración del nacimiento de Jesús, tuvieron que esperar largos años para convertirse en tradición ordinaria. Incluso durante la expansión del Imperio español en América, la navidad no se celebraba como la conocemos hoy. Para que finalmente nosotros celebremos como lo hacemos, tuvieron que pasar muchos siglos y la combinación de las tradiciones nórdicas, británicas, ibéricas y galas. Otro cognado de costumbres se combinó en un amasijo festivo. El arbolito nos llega de las tradiciones nórdicas, los villancicos y el pasito de las ibéricas, la comilona de chancho se la debemos más a los galos y el tamal, tan nuestro, no es más que la representación de dicho amasijo de culturas: el maíz americano, el cerdo europeo, el arroz de Asia. Y si le añadimos aceituna y ciruela notamos los sabores ibéricos.

El culto al Sol permaneció vital hasta la emisión del Edicto de Teodosio I el Grande en el año 380 d.C, que prohibía cualquier culto que no fuera el cristiano, pero no cualquier versión del cristianismo, solo era oficial el de Nicea.

Pero si hablamos de tradiciones que se van uniendo en ese consabido cognado de deidades y costumbres, debemos añadir aún más. Nos llega tardíamente, pero con aplomo, un nuevo personaje llamado Santa Claus. Hablemos un poco de él.

Nicolás de Bari fue un obispo que vivió en el siglo IV en Anatolia, Turquía. Se hizo famoso por su generosidad. Pero, aunque el obispo nos parezca muy inspirador, no es él quien está representado en el viejito barbudo y panzón que tan graciosamente va riendo con su peculiar «Jo jo jo», en un trineo que vuela tirado por renos. Para que Nicolás de Bari se difuminara y apareciera el gracioso personaje debió ocurrir otro cognado de personajes. Los registros indican que la transformación ocurrió en el año 1624. Según consigna la BBC, «fue en el siglo XVII cuando la imagen de Santa Claus llegó a Estados Unidos procedente Holanda,-país en el que se venera a Sinterklaas o San Nicolás, un personaje que trae regalos a los niños el 5 de diciembre». Y ese SinterKlaas viene, a su vez de la tradición santoral germana, que venera a Sankt Nikolaus. Fue en 1809 que el escritor Washington Irving deformó el nombre del santo holandés Sinterklaas degenerando en Santa Claus. Luego el poeta Clement Clarke Moore hizo su aporte en un poema donde habla de Santa Claus como enano y delgado, pero que regala juguetes en vísperas navideñas a los niños y viaja en un trineo tirado por nueve renos incluyendo al líder, Rodolfo. Aún no tenemos al gordito y barbudo, pero ya va llegando. Para que el flaco y enano bonachón nos llegara grande, gordito y barbudo, tuvo que añadirse al cognado el francés Bonhomme Noël. Ya tenemos al gordito y barbudo, pero éste aún viste de blanco y dorado.

A fines del siglo XIX salió un anuncio comercial de refrigeradoras marca Lomen Company que incorporó la ficción de que Papá Noel procedería del Polo Norte y que su medio de transporte era un trineo tirado por renos. En 1930 Coca Cola utilizó la tradición existente y le añadió los colores rojo y blanco que conocemos hoy.

Para ir terminando, podemos comprender que Jesús no nació un 25 de diciembre. Esto no quiere decir que celebrar su natalicio cualquier día esté mal. Podemos errar en la fecha y podemos celebrarlo cualquier día. Y para quienes somos creyentes, lo que debe importar es el hecho mismo del nacimiento del niño Salvador.

Tengo que decir que durante muchos años vi con benevolencia la figura de Santa Claus. No me percataba de los valores que representa. Si medito con seriedad puedo comprender que Santa Claus es todo lo contrario a la navidad. De hecho, representa lo opuesto a la navidad. Y si representa lo opuesto a la navidad, entonces quienes somos creyentes deberíamos restarle total importancia ¿Por qué? no solo porque es irreal, falso, una invención, sino porque representa valores contrarios a los de Cristo. No es que conscientemente adoremos al personaje en cuestión ¡Y ahí es donde está lo sutil del engaño! sino que distrae la mirada y la conduce a los valores del consumismo, el egoísmo, la avaricia, la competencia, la acumulación, la gula y el orgullo. Esa locura comercial que desquicia nuestros diciembres, ese frenesí capitalista ante el que nos arrodillamos con genuflexión consumista. John Wimber, el fundador del Movimiento de iglesias de La Viña, dijo «¿Quieres saber qué adoras? Si quieres saber qué adoras pregúntate en qué estás gastando tu tiempo, tu dinero y tu esfuerzo, eso es lo que adoras» ¿Qué adoramos en diciembre? ¿En qué gastamos nuestro tiempo, energía y dinero? Es por eso que no vemos la figura de Jesús anunciando las rebajas de las tiendas, ni las ofertas «maravillosas» de la temporada. Sabemos que es contradictorio, pero sucumbimos. Santa Claus nos distrae al punto que estamos viendo todo menos a Jesús.

En Apocalipsis vemos una escena fascinante en que todo el cielo se detiene por primera vez en millones de años, hay un silencio absoluto por primera vez porque ahora la atención entera de todo el cielo y toda la creación está en el Cordero que toma el Trono (Apoc. 5:1-14). Juan de Patmos (el escritor del Apocalipsis) está llorando en el cielo ¡Si, en el cielo donde se supone que no habrá llanto ni dolor! Juan llora porque aunque todo mundo canta y baila, aún no hay perdón, la gracia no ha sido derramada, la salvación no ha sido sellada. Por eso siente angustia. Pero de repente, todo el cielo hace silencio, y un Cordero se sienta en el Trono. En ese instante todos los ángeles y millares de seres celestiales rompen a cantar al unísono. Así debería sonar nuestra navidad.

Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. (5:13)



De Interludio a Más REFUGIO

27 de diciembre de 2022

One Thought on Reflexiones para celebrar mejor la Navidad

  1. Extraordinaria información de mucha utilidad y claridad. Soy un convencido de que «todo lo que nos desvíe la mirada del Señor Jesús» no viene de Dios y es una trama del enemigo. Por eso, ese gordinflón jo jo jo que inventó la Coca Cola no es inocente: es un impostor. Me da pena y furia ver hoy cómo en muchos hogares hablan de «santa» y ni saben o no se acuerdan del Niño Dios, cuyo natalicio celebramos… Los renos, la nieve y los trineos son puro esnobismo, pero el tal santa sí es mala leche, malintencionado, suplantador… Gracias José Chacón por darnos luz e historia sobre el tema.

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